Después de haber abandonado aquel llanto inacabable, sus latidos cardiacos comenzaban a estabilizarse progresivamente, sus manos ya no tiritaban tan rápido, el cuerpo le permanecía estático y sus ojos penetraban en sus mismas pupilas contemplándolas frente al espejo y observando cada detalle de su desgastada apariencia. Leer más…
Posteado en Historias de Bar
Este artículo fue escrito por Enrique Baeza el Sábado, 15 de Agosto del 2009





